Rostros inmemorables

Como de costumbre, me senté en un banco del cuadrángulo de Humanidades a contemplar la vida y sus tropiezos. Escuché el bullicio sofocante de individuos con rostros inmemorables, de esos que te llevas a la cama y en la mañana se te olvida su nombre, ni contar que a la semana ya ni recuerdas si chichaba cabrón. Cada minuto que pasaba parecía intensificar las ondas sonoras del bullicio, como quienes intentan hacer mostrar su hombría por cuan alto lleguen a parlar. Mientras más se acercaban, mejor entendía el bullicio y su habladuría con expedición sobre cosas que eran puras patrañas. Es ahí cuando comprendí que sus rostros eran inmemorables por las musarañas que cargaban en su mente. 

Me levanté de aquel banco, y ahí te dejé, junto aquellos con los cuales ahora te identificaré.

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La otra

Sus labios se encontraron en los míos una vez más, y luego otra, y otra y así sucesivamente. Jugando a que nos cacharan, que nos atraparan en los brazos del otro. Quizás era un poco peligroso, y tal vez era la adrenalina que me extasiaba. Tan sólo pensar que en cualquier momento se caería el telón y nos descubrirían tras bastidores, con nuestros pechos al descubierto y nuestras bocas ocupadas. Bailando al son de lisonjeras lujurias. Un mapa de constelaciones en su espalda y las yemas de mis dedos que surcaban su silueta a contraluz.  Mis manos no se cansaban de recorrer cada rincón de su piel, cada poro, cada instante que apremiaba el encuentro. ¡Tan efímero y tan eterno! Redescubriendo los mares que en diversas ocasiones había naufragado en, los mismos que ahora otras eran quienes lo navegaban. A esas, a las que le debo mi existencia, porque sin ellas no sería la otra.

Bartender

Sentada en la barra que solía frecuentar, en la cual tantas mujeres pecaron en mis labios. La cerveza parecía ser mi única compañía, ella y aquel bartender cuyos labios también fueron míos. El invierno ya le había tocado a la puerta de la barra. —otro sorbo a la rubia, la misma que intentaba mofarse de mí.— ¡qué ingenua! ¿Es acaso que no veía que sólo perdía su tiempo? ¡Ni que sentir lástima de mí!

“Bartender, otra cerveza más… (Y una puta por favor.)”— obviamente, él entendía mis entre líneas, no hacía falta la mesura. Tan cómplice, tan mío. Se encargaba de emborracharme hasta la más santa, la más recatada, la que se cantaba difícil y terminaba en aquellas cuatro paredes rojas conmigo. Gritando mi nombre mientras mi mano se sepultaba en sus valles. De esas putas que no pasan del baño de la barra a tu recamara. Tal como me gustan.

“Bartender, una birra y un trago de totisuelta que ya tengo a quien haré dedicarme sus sueños mojados.” El sudor corre entre nuestros largos cabellos, y ese momento en el que aún no nos cachan empañando los espejos en aquel baño. En esas cuatro paredes en las cuales fui por primera vez de un ella que ya dejó de ser. [aunquefuimostrasnoser]. Ese ella, que hoy me hacía suya. Roles al inverso. ¡Pecado carnal! “¡Puñeta, qué rico besas, cabrona!”— se me escapaba entre gemidos. Sus manos esculpían una obra maestra entre mis piernas desnudas—descubiertas ante un ella—, carajo, ya hasta se me olvidó respirar…

Me encontré, entre esas cuatro paredes rojas, sudando, gritando y gimiendo su nombre; me habían hecho suya, y ya no sería de nadie más. “Bartender, ciérrame la cuenta.”

Despedidas y otras cosas

Una gota cayó al suelo, pronto un charco inundó la sala. Traté de no manchar el suelo, ¡No fue mi intención! Continué arrastrando su cuerpo robusto fuera de la casa. ¡Joder, ya me había cansado de su maldita alegría pretenciosa! Le prendí en llamas y me despedí de la Navidad.