Claudia

No es que me guste, pero me agrada pasar tiempo con Claudia.

Ella es así, de pelo salvaje, de sonrisas luminosas, de ojos perdidos en la distancia, de pensamientos revueltos y de labios tan tentadores que ya puedo sentir el fuego del noveno circulo arder.

No es que me guste, pero me agrada conversar con Claudia.

—Dicen que de poetas y locos todos tenemos un poco, pero con ella como que se les fue la métrica—Ella es así, con su poesía y vocablos que emboban a cualquiera. No sé ni por qué me junto con poetas si el mundo visto desde su perspectiva es un vaivén de palabras.

No es que me guste, pero me agrada observar a Claudia.

Puedo desvelar mis pensamientos observándola. Ella es así, de esas personas introvertidas a las cuales me doy la tarea de destruir en pedazos para volverle a armar.

No es que me guste, pero me agrada la atención que me da Claudia.

Ella te da los buenos días y las buenas noches, te busca para almorzar aún cuando se hayan visto el día anterior. De esas personas que no se les escapa nada de lo que dices aún cuando lo hayas susurrado.

No es que me guste Claudia, pero

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La otra

Sus labios se encontraron en los míos una vez más, y luego otra, y otra y así sucesivamente. Jugando a que nos cacharan, que nos atraparan en los brazos del otro. Quizás era un poco peligroso, y tal vez era la adrenalina que me extasiaba. Tan sólo pensar que en cualquier momento se caería el telón y nos descubrirían tras bastidores, con nuestros pechos al descubierto y nuestras bocas ocupadas. Bailando al son de lisonjeras lujurias. Un mapa de constelaciones en su espalda y las yemas de mis dedos que surcaban su silueta a contraluz.  Mis manos no se cansaban de recorrer cada rincón de su piel, cada poro, cada instante que apremiaba el encuentro. ¡Tan efímero y tan eterno! Redescubriendo los mares que en diversas ocasiones había naufragado en, los mismos que ahora otras eran quienes lo navegaban. A esas, a las que le debo mi existencia, porque sin ellas no sería la otra.

Despedidas y otras cosas

Una gota cayó al suelo, pronto un charco inundó la sala. Traté de no manchar el suelo, ¡No fue mi intención! Continué arrastrando su cuerpo robusto fuera de la casa. ¡Joder, ya me había cansado de su maldita alegría pretenciosa! Le prendí en llamas y me despedí de la Navidad.