Rostros inmemorables

Como de costumbre, me senté en un banco del cuadrángulo de Humanidades a contemplar la vida y sus tropiezos. Escuché el bullicio sofocante de individuos con rostros inmemorables, de esos que te llevas a la cama y en la mañana se te olvida su nombre, ni contar que a la semana ya ni recuerdas si chichaba cabrón. Cada minuto que pasaba parecía intensificar las ondas sonoras del bullicio, como quienes intentan hacer mostrar su hombría por cuan alto lleguen a parlar. Mientras más se acercaban, mejor entendía el bullicio y su habladuría con expedición sobre cosas que eran puras patrañas. Es ahí cuando comprendí que sus rostros eran inmemorables por las musarañas que cargaban en su mente. 

Me levanté de aquel banco, y ahí te dejé, junto aquellos con los cuales ahora te identificaré.

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La otra

Sus labios se encontraron en los míos una vez más, y luego otra, y otra y así sucesivamente. Jugando a que nos cacharan, que nos atraparan en los brazos del otro. Quizás era un poco peligroso, y tal vez era la adrenalina que me extasiaba. Tan sólo pensar que en cualquier momento se caería el telón y nos descubrirían tras bastidores, con nuestros pechos al descubierto y nuestras bocas ocupadas. Bailando al son de lisonjeras lujurias. Un mapa de constelaciones en su espalda y las yemas de mis dedos que surcaban su silueta a contraluz.  Mis manos no se cansaban de recorrer cada rincón de su piel, cada poro, cada instante que apremiaba el encuentro. ¡Tan efímero y tan eterno! Redescubriendo los mares que en diversas ocasiones había naufragado en, los mismos que ahora otras eran quienes lo navegaban. A esas, a las que le debo mi existencia, porque sin ellas no sería la otra.

Despedidas y otras cosas

Una gota cayó al suelo, pronto un charco inundó la sala. Traté de no manchar el suelo, ¡No fue mi intención! Continué arrastrando su cuerpo robusto fuera de la casa. ¡Joder, ya me había cansado de su maldita alegría pretenciosa! Le prendí en llamas y me despedí de la Navidad.