Cartas a la Luna: I

Luna—no alcancé a despegar mi mirada de ella—tan radiante, tan brillante, tan mía, tan de ella, ¡tan puta! ¡Ay, Luna! ¡Luna de mi alma! ¿Por qué me haces pecar? ¿Cuándo entenderás que su corazón a otro le pertenece?

Ay, Luna, Lunita… No podía evitar el dejar escapar una mueca, de esas que dicen que forman sonrisas, ¡Luna! No te escondas tras esas nubes, esas nubes nebulosas. ¿Acaso no entiendes que no necesitas más? Aquí me tienes, desvelado, observante —tan tuyo, siempre tuyo— tus amigas, esas que nunca abandonan tu lado, las mismas que son cómplices de mi querer, las que una decena de noches han presenciado mi llantén, hoy-hoy andan calladas, susurrando puras tonterías. Estrellas, estrellas hechas humo, como ese que inhalo y me lleva a navegar(te) por completo.

Ay, Luna, Luna, Luna… Ya no aguanto, sé que sería diferente, tan diferente si dejases de ser un astro, un astro que sólo es parte de mis noches, de mis sueños… Ay Luna, Lunita…

Ay Luna, Luna de lunares, con sus estrelladas cómplices, esas que fueron testigo del primer beso… Sí, nos besamos sin saber que eso cambiaría todo. Sin saber que ya no sería mío, que sería tuyo, tan tuyo que aquí me tienes a orillas del mar, contemplándote mientras juegas al esconder y te revuelcas en otros cielos, en otros mares de pasión.

Aquí, aquí te esperaré.
Eternamente tuyo,
Felipe

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