Amaura

Era de esas noches, en las que el frío acariciaba cada rincón de su cuerpo. No hizo más que ajustarse su chaqueta y el sombrero, marchando en dirección a donde sus más íntimos deseos se hacían físicos. Él estaba tan acostumbrado a que el mundo vibrase con cada pisada que sus negros y brillantes zapatos diesen. Es así como se encontró una vez más entre las paredes de aquel cabaret, ese cabaret que tantas noches de pasiones le había otorgado. Era en esos instantes en los que su mirada se tornaba asechadora, como la de un águila buscado su presa, su objeto de afición. Ella, de esas a quien deseaba llenarle los poros con sus besos, ser el porqué de sus pómulos rojizos. Él ya había perdido todo interés en llevarse alguna joya a su apartamento. Pasó de ser el asechador a un mero espectador inconsciente. Su figura tan deslumbrante se escondía en el fondo del cabaret, no hacía más que verle danzar. Esos momentos en los que sólo existían él y ella, segundos en los que nada parecía importar. Ya se le habían escapado un sinnúmero de noches, y continuaba sin despegar su mirada de ella. Una que otra vez sus miradas se entrelazaban, era en esos instantes cuando único la veía sonreír. Él no sabía si era por pura cortesía o porque ella estaba tan prendada con él, como él de ella. “Amaura” ― una voz suave, con una extraña familiaridad le corrompió el oído. Él, él sabía que era la voz de quien le había robado su descanso, la voz de quien lo había roto sin reparo. Por fin sus penas tenían nombre. Amaura, un nombre que ahora le destrozaba las costillas y le acortaba la respiración. Nunca había experimentado esta sensación, ninguna mujer había sido capaz de dejarlo sin aliento. Él extendió sus manos temblorosas y sudadas hacia ella. “Ri—” sin poder terminar de articular su nombre fue interrumpido por ella. “Sé quién eres, eres ese, el don Juan que a pesar de mi indiferencia continuaba noche tras noche regalándome miradas, ese que sonreía cada vez que yo lo hacía, ese al que su rostro le brillaba cada vez que yo subía al escenario. No, no necesito tu nombre. Sé quién eres.” El ruidoso cabaret había pasado a ser insonoro, no existía nada ni nadie más, sólo ese instante. Su corazón se le iba a escapar por los labios, no encontraba la manera de articular palabra alguna sólo alcanzó a decirle pura tontería, la cual le hizo sonreír a ella. Pasaron toda la noche conversando, sonriendo, tocándose, entregándose. Habían dejado la individualidad para combinarse en una unión casi fantástica. Al siguiente día, él regresó al cabaret, esta vez irradiando pura felicidad. No obstante, no la veía, no encontraba entre el gentío a su Amaura querida, ni si quiera en el escenario. Es así como él decidió preguntar por ella, al hacerlo, le informaron que ella había renunciado esa mañana. “¿¡Cómo!?” preguntó exaltado. “Sí, dijo que ya era hora de marcharse, que ella era solamente una viajera más, una nómada de la vida y de sus situaciones.” Él se enfureció al escuchar esto, tan enfurecido que su rostro se le llenó de lágrimas. Sin embargo, él logró entender que ese instante con ella era mejor que todas las noches de pasión que había tenido con tantas otras. Comprendió que así es el amor, que mientras si pueda tener longitud, también es efímero y que una sola noche puede durar una eternidad.

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