Bartender

Sentada en la barra que solía frecuentar, en la cual tantas mujeres pecaron en mis labios. La cerveza parecía ser mi única compañía, ella y aquel bartender cuyos labios también fueron míos. El invierno ya le había tocado a la puerta de la barra. —otro sorbo a la rubia, la misma que intentaba mofarse de mí.— ¡qué ingenua! ¿Es acaso que no veía que sólo perdía su tiempo? ¡Ni que sentir lástima de mí!

“Bartender, otra cerveza más… (Y una puta por favor.)”— obviamente, él entendía mis entre líneas, no hacía falta la mesura. Tan cómplice, tan mío. Se encargaba de emborracharme hasta la más santa, la más recatada, la que se cantaba difícil y terminaba en aquellas cuatro paredes rojas conmigo. Gritando mi nombre mientras mi mano se sepultaba en sus valles. De esas putas que no pasan del baño de la barra a tu recamara. Tal como me gustan.

“Bartender, una birra y un trago de totisuelta que ya tengo a quien haré dedicarme sus sueños mojados.” El sudor corre entre nuestros largos cabellos, y ese momento en el que aún no nos cachan empañando los espejos en aquel baño. En esas cuatro paredes en las cuales fui por primera vez de un ella que ya dejó de ser. [aunquefuimostrasnoser]. Ese ella, que hoy me hacía suya. Roles al inverso. ¡Pecado carnal! “¡Puñeta, qué rico besas, cabrona!”— se me escapaba entre gemidos. Sus manos esculpían una obra maestra entre mis piernas desnudas—descubiertas ante un ella—, carajo, ya hasta se me olvidó respirar…

Me encontré, entre esas cuatro paredes rojas, sudando, gritando y gimiendo su nombre; me habían hecho suya, y ya no sería de nadie más. “Bartender, ciérrame la cuenta.”

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Les comenté

Hoy anduve pensando en las relaciones interpersonales de los seres humanos…— les comentaba.

No sé de que manera dejamos de ser para encajar dentro de la caja más pequeña que podemos encontrar.

—¿para qué?

Si cada vez que dejan caer una bomba, muere un sueño. Uno más que se quedó sin cumplir. ¡Boom!

Los mismos sueños que juramos nunca abandonar quedan tronchados en aquellos soles truncos. Nos perdimos… — les comentaba.

No sé en que momento fue que pasé a ser una memoria extraviada en los rincones más recónditos de la mente.

¿Alguna vez han tratado algo tantas veces que deja de funcionar? —como mentes bombardeadas de perico. ¡Boom!

Ya no se siente placer, ya no. —les comenté.

Despedidas y otras cosas

Una gota cayó al suelo, pronto un charco inundó la sala. Traté de no manchar el suelo, ¡No fue mi intención! Continué arrastrando su cuerpo robusto fuera de la casa. ¡Joder, ya me había cansado de su maldita alegría pretenciosa! Le prendí en llamas y me despedí de la Navidad.

(te)

Quiero vivirte y desvivirte.
Vivirte mientras nos vivimos.
Vivirte en lo que pretendo vivirme.
Vivirte y que me dejes vivir.

Quiero ser sin serlo,
Serlo al unísono que eres.
Ser(te) aún cuando me soy,
Ser mientras era, y era porque seré.

Quiero a|Marte en todos los lunes.
Amar cuando juré odiarte,
Amarte sin dejar de amarme,
Y amarme porque llegué a|Marte.

Amaura

Era de esas noches, en las que el frío acariciaba cada rincón de su cuerpo. No hizo más que ajustarse su chaqueta y el sombrero, marchando en dirección a donde sus más íntimos deseos se hacían físicos. Él estaba tan acostumbrado a que el mundo vibrase con cada pisada que sus negros y brillantes zapatos diesen. Es así como se encontró una vez más entre las paredes de aquel cabaret, ese cabaret que tantas noches de pasiones le había otorgado. Era en esos instantes en los que su mirada se tornaba asechadora, como la de un águila buscado su presa, su objeto de afición. Ella, de esas a quien deseaba llenarle los poros con sus besos, ser el porqué de sus pómulos rojizos. Él ya había perdido todo interés en llevarse alguna joya a su apartamento. Pasó de ser el asechador a un mero espectador inconsciente. Su figura tan deslumbrante se escondía en el fondo del cabaret, no hacía más que verle danzar. Esos momentos en los que sólo existían él y ella, segundos en los que nada parecía importar. Ya se le habían escapado un sinnúmero de noches, y continuaba sin despegar su mirada de ella. Una que otra vez sus miradas se entrelazaban, era en esos instantes cuando único la veía sonreír. Él no sabía si era por pura cortesía o porque ella estaba tan prendada con él, como él de ella. “Amaura” ― una voz suave, con una extraña familiaridad le corrompió el oído. Él, él sabía que era la voz de quien le había robado su descanso, la voz de quien lo había roto sin reparo. Por fin sus penas tenían nombre. Amaura, un nombre que ahora le destrozaba las costillas y le acortaba la respiración. Nunca había experimentado esta sensación, ninguna mujer había sido capaz de dejarlo sin aliento. Él extendió sus manos temblorosas y sudadas hacia ella. “Ri—” sin poder terminar de articular su nombre fue interrumpido por ella. “Sé quién eres, eres ese, el don Juan que a pesar de mi indiferencia continuaba noche tras noche regalándome miradas, ese que sonreía cada vez que yo lo hacía, ese al que su rostro le brillaba cada vez que yo subía al escenario. No, no necesito tu nombre. Sé quién eres.” El ruidoso cabaret había pasado a ser insonoro, no existía nada ni nadie más, sólo ese instante. Su corazón se le iba a escapar por los labios, no encontraba la manera de articular palabra alguna sólo alcanzó a decirle pura tontería, la cual le hizo sonreír a ella. Pasaron toda la noche conversando, sonriendo, tocándose, entregándose. Habían dejado la individualidad para combinarse en una unión casi fantástica. Al siguiente día, él regresó al cabaret, esta vez irradiando pura felicidad. No obstante, no la veía, no encontraba entre el gentío a su Amaura querida, ni si quiera en el escenario. Es así como él decidió preguntar por ella, al hacerlo, le informaron que ella había renunciado esa mañana. “¿¡Cómo!?” preguntó exaltado. “Sí, dijo que ya era hora de marcharse, que ella era solamente una viajera más, una nómada de la vida y de sus situaciones.” Él se enfureció al escuchar esto, tan enfurecido que su rostro se le llenó de lágrimas. Sin embargo, él logró entender que ese instante con ella era mejor que todas las noches de pasión que había tenido con tantas otras. Comprendió que así es el amor, que mientras si pueda tener longitud, también es efímero y que una sola noche puede durar una eternidad.