Monólogos sin sentido: La última vez

La última vez

Quizás ya es algo tardío para hablar de verdades ocultas o de pesares olvidados. Quizás. Pero no hablemos de lo que algún otro día tendré la desdicha de hablar y ustedes el agravio de escuchar o leer, como les plazca. La realidad del caso es que olvidé lo que iba a escribir y ahora ando aquí, palabreando una que otra idiotez, y usted lector, mareándose con mi babosería. No se enamore. El día que lo haga, perderá la poca cordura que posea. Entiéndalo. Ya yo la perdí, y la recobré para volver a perderla. Dicen que es un poco de masoquismo, otros hablan de ingenuidad… yo hablo de la última vez. Sí, por ejemplo: la última vez que estuve cuerda, la última vez que me tome un vaso con vino tinto, la última vez que sonreí, la última vez que perdí la cordura y la última vez que la recobré. De últimas veces. Y sin entender porque nos aferramos tanto a las últimas memorias, si la finalidad de algo tan solo significa el inicio de alguna tontería más. He caminado por pasillos sin finalidad aparente, con recuerdos ambiguos y voces inquietantes, donde los ayeres son la palabra del día. ¡Carajos! ¿Por qué se aferran a ayeres? ¡Puñeta, vivan! Tranquilos, que mis ayeres andan embotellados, no porque pretendo olvidarlos… más bien porque me cansé de vivir de ellos. Dije que sería la última vez, la última vez que me aferraría a tantos recuerdos fútiles y palabrería de unos ayeres escasos de futuro. ¿De qué hablamos? He perdido la cuerda, ¡Ja! Perdí la cuerda de mi cordura, una última vez.

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