En ciento cuarenta palabras

En ciento cuarenta palabras

Esto de que nuestras interrelaciones se den en un espacio cibernético lo único que trae consigo es una manada de humanos pseudo-antisociales. De esos que dejamos de vivir los instantes de la vida para redactar en 140 caracteres sobre los instantes de la vida. Maldita ironía. Es como al que se le enfría la comida en busca de la foto perfecta para subir y echárselas del más que come afuera. ¡Cabrón, ya sabemos que no sabes cocinar! Y no hablemos de la bola de ¨bloggers¨ que se creen la gran hostia con su opinión sacada de una caja de cornfleí. Mira, no, tú no vales ni la peseta ni el vellón de Wisin. Esto de vivir en la era cibernética y formar parte de ella es irremediable.

 

Es como hablar en contra del capitalismo, pero ser completamente parte de él.


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Mónologos sin sentido: De la heterosexualidad a la homosexualidad a algo entre medio.

De la heterosexualidad a la homosexualidad a algo entre medio.

 

Siempre he escuchado como se habla de la sexualidad, bajo una sola: heterosexualidad. La innata que no es tan innata. O sea, cuantos recuerdan esos primeros momentos de atracción sexual que no fuese dirigida por lo que lo social nos dice que es lo correcto. “El azul es de los nenes, el rosa pa’ las nenas”, entonces, ¿cuán maricón soy si mi color predilecto es el rosado? Mariconísimo, nene. Sí, eso lo sé. Pero, y si el azul es mi predilecto… ¿Soy bucha? Buchísima, muchacha. El color, como significante de la sexualidad humana desde el inicio de la existencia del azul y el rosado. Y así vamos construyendo y reconstruyendo el género y la sexualidad. No obstante, vuelvo a cuestionarme, ¿la heterosexualidad es realmente innata o es un constructo social? Tanta ambigüedad y exclusión de las diversas realidades. Porque irse por las calles de Broadway y querer cantar mientras danzas alguna pendejería de Wicked o West Side Story es tan permisible en la fantasía de todo maricón como lo es en la mente del heterosexual, ¡Los musicales no te hacen maricón! El que te guste que te lo metan por el culo, sí. Querido heterosexual, acepta que te gusta el rosado, los musicales y cantar a viva voz alguna idiotez de Gaga. Vamos, repitan conmigo: “¡Todos somos maricones!” Sí querido lector, usted es tan maricón que anda leyéndome, leyendo a una maricona hablar de maricones. Ya que bajo la concepción heterosexual ridícula de la homosexualidad, os contagiarás y dejarás de ser hetero de la noche a la mañana. La realidad del caso es que si te preocupa tu heterosexualidad es porque quizás no seas tan heterosexual na´. Chico, sal de ahí, el clóset te queda como que chiquito… no te preocupes que aunque Puerto Rico por la Familia te haga un piquete al frente de la puerta de tu clóset, tú serás inmensamente feliz o infeliz. No, la homosexualidad no es color de rosa pero sí te ves lindo de rosa. El hecho es de que si en algún momento cambias tu sexualidad, es porque esta siempre fue tu orientación sexual… el hecho de este cambio es por las riendas de la sociedad en tu vida. El perpetuo reprimir la sexualidad eternamente para ser aceptado en una sociedad a la que le importa un reverendo carajo tu vida.

 

-desde la visión de un pseudoclosetero de infancia que salió corriendo del clóset

-desde la visión de una pseudoclosetera de infancia que salió corriendo del clóset

Monólogos sin sentido: La última vez

La última vez

Quizás ya es algo tardío para hablar de verdades ocultas o de pesares olvidados. Quizás. Pero no hablemos de lo que algún otro día tendré la desdicha de hablar y ustedes el agravio de escuchar o leer, como les plazca. La realidad del caso es que olvidé lo que iba a escribir y ahora ando aquí, palabreando una que otra idiotez, y usted lector, mareándose con mi babosería. No se enamore. El día que lo haga, perderá la poca cordura que posea. Entiéndalo. Ya yo la perdí, y la recobré para volver a perderla. Dicen que es un poco de masoquismo, otros hablan de ingenuidad… yo hablo de la última vez. Sí, por ejemplo: la última vez que estuve cuerda, la última vez que me tome un vaso con vino tinto, la última vez que sonreí, la última vez que perdí la cordura y la última vez que la recobré. De últimas veces. Y sin entender porque nos aferramos tanto a las últimas memorias, si la finalidad de algo tan solo significa el inicio de alguna tontería más. He caminado por pasillos sin finalidad aparente, con recuerdos ambiguos y voces inquietantes, donde los ayeres son la palabra del día. ¡Carajos! ¿Por qué se aferran a ayeres? ¡Puñeta, vivan! Tranquilos, que mis ayeres andan embotellados, no porque pretendo olvidarlos… más bien porque me cansé de vivir de ellos. Dije que sería la última vez, la última vez que me aferraría a tantos recuerdos fútiles y palabrería de unos ayeres escasos de futuro. ¿De qué hablamos? He perdido la cuerda, ¡Ja! Perdí la cuerda de mi cordura, una última vez.