A orillas del mar

Carta:

Hola querida insomnia, tiempo sin seducirte entre líneas. La vida da vueltas, dicen que la vida continúa, que no tiene finalidad, sino trascendencia. ¿A dónde iré, sin ti? ¿En dónde pereceré y pasaré el resto de mis días mortales? Como el vaivén indeterminado de sollozos y tu voz que junto a las olas rompen en la orilla, para no regresar. Aún te busco entre los granos de arena, ¡ay, qué actividad tan inútil! ¿Por qué te busco, si sé que no estarás, que ya has marchado? Trato de recoger las ojeras que me llegan a las rodillas, estos ojos se han cansado de llover tu recuerdo. Ese aroma de tu piel que se interrumpe con el salitre y aun así es hasta más intoxicante que la propia fragancia de esa agua bombardeada por bicarbonato de sodio. Tan solo si fueras capaz de dejar el orgullo irse al carajo y reconocieras que ambos erramos y no obstante, podemos remediarlo. Ya te perdí y la silueta de tu cuerpo se ha ido a dar unas cuantas vueltas con esa brisa playera que ahora me abofetea. De manera jocosa, suelo pensar que eres tú quien me golpea, quizás por lo idiota que fui o tal vez porque acepte y te dejé marchar. A ver cuéntame, ¿y tú como pasas tus días? Ya no queda más que aquellas huellas a la orilla del mar. Las mismas huellas que se han ido a pasear románticamente con los instantes que no te di, esos que eran tuyos, solo tuyos; pero fueron desperdiciados por algún detalle fútil. ¡Ay insomnia querida, váyase al carajo! Llevate de paso, mis pensamientos y sueños sobre ella. No, no me hacen falta. Adieu, adiós, auf wiedersehen. 

Siempre tuyo,

Felipe “Pepe” Phoenix

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