Rostros inmemorables

Como de costumbre, me senté en un banco del cuadrángulo de Humanidades a contemplar la vida y sus tropiezos. Escuché el bullicio sofocante de individuos con rostros inmemorables, de esos que te llevas a la cama y en la mañana se te olvida su nombre, ni contar que a la semana ya ni recuerdas si chichaba cabrón. Cada minuto que pasaba parecía intensificar las ondas sonoras del bullicio, como quienes intentan hacer mostrar su hombría por cuan alto lleguen a parlar. Mientras más se acercaban, mejor entendía el bullicio y su habladuría con expedición sobre cosas que eran puras patrañas. Es ahí cuando comprendí que sus rostros eran inmemorables por las musarañas que cargaban en su mente. 

Me levanté de aquel banco, y ahí te dejé, junto aquellos con los cuales ahora te identificaré.

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Claudia

No es que me guste, pero me agrada pasar tiempo con Claudia.

Ella es así, de pelo salvaje, de sonrisas luminosas, de ojos perdidos en la distancia, de pensamientos revueltos y de labios tan tentadores que ya puedo sentir el fuego del noveno circulo arder.

No es que me guste, pero me agrada conversar con Claudia.

—Dicen que de poetas y locos todos tenemos un poco, pero con ella como que se les fue la métrica—Ella es así, con su poesía y vocablos que emboban a cualquiera. No sé ni por qué me junto con poetas si el mundo visto desde su perspectiva es un vaivén de palabras.

No es que me guste, pero me agrada observar a Claudia.

Puedo desvelar mis pensamientos observándola. Ella es así, de esas personas introvertidas a las cuales me doy la tarea de destruir en pedazos para volverle a armar.

No es que me guste, pero me agrada la atención que me da Claudia.

Ella te da los buenos días y las buenas noches, te busca para almorzar aún cuando se hayan visto el día anterior. De esas personas que no se les escapa nada de lo que dices aún cuando lo hayas susurrado.

No es que me guste Claudia, pero

La otra

Sus labios se encontraron en los míos una vez más, y luego otra, y otra y así sucesivamente. Jugando a que nos cacharan, que nos atraparan en los brazos del otro. Quizás era un poco peligroso, y tal vez era la adrenalina que me extasiaba. Tan sólo pensar que en cualquier momento se caería el telón y nos descubrirían tras bastidores, con nuestros pechos al descubierto y nuestras bocas ocupadas. Bailando al son de lisonjeras lujurias. Un mapa de constelaciones en su espalda y las yemas de mis dedos que surcaban su silueta a contraluz.  Mis manos no se cansaban de recorrer cada rincón de su piel, cada poro, cada instante que apremiaba el encuentro. ¡Tan efímero y tan eterno! Redescubriendo los mares que en diversas ocasiones había naufragado en, los mismos que ahora otras eran quienes lo navegaban. A esas, a las que le debo mi existencia, porque sin ellas no sería la otra.

Cartas a la Luna: I

Luna—no alcancé a despegar mi mirada de ella—tan radiante, tan brillante, tan mía, tan de ella, ¡tan puta! ¡Ay, Luna! ¡Luna de mi alma! ¿Por qué me haces pecar? ¿Cuándo entenderás que su corazón a otro le pertenece?

Ay, Luna, Lunita… No podía evitar el dejar escapar una mueca, de esas que dicen que forman sonrisas, ¡Luna! No te escondas tras esas nubes, esas nubes nebulosas. ¿Acaso no entiendes que no necesitas más? Aquí me tienes, desvelado, observante —tan tuyo, siempre tuyo— tus amigas, esas que nunca abandonan tu lado, las mismas que son cómplices de mi querer, las que una decena de noches han presenciado mi llantén, hoy-hoy andan calladas, susurrando puras tonterías. Estrellas, estrellas hechas humo, como ese que inhalo y me lleva a navegar(te) por completo.

Ay, Luna, Luna, Luna… Ya no aguanto, sé que sería diferente, tan diferente si dejases de ser un astro, un astro que sólo es parte de mis noches, de mis sueños… Ay Luna, Lunita…

Ay Luna, Luna de lunares, con sus estrelladas cómplices, esas que fueron testigo del primer beso… Sí, nos besamos sin saber que eso cambiaría todo. Sin saber que ya no sería mío, que sería tuyo, tan tuyo que aquí me tienes a orillas del mar, contemplándote mientras juegas al esconder y te revuelcas en otros cielos, en otros mares de pasión.

Aquí, aquí te esperaré.
Eternamente tuyo,
Felipe

Bartender

Sentada en la barra que solía frecuentar, en la cual tantas mujeres pecaron en mis labios. La cerveza parecía ser mi única compañía, ella y aquel bartender cuyos labios también fueron míos. El invierno ya le había tocado a la puerta de la barra. —otro sorbo a la rubia, la misma que intentaba mofarse de mí.— ¡qué ingenua! ¿Es acaso que no veía que sólo perdía su tiempo? ¡Ni que sentir lástima de mí!

“Bartender, otra cerveza más… (Y una puta por favor.)”— obviamente, él entendía mis entre líneas, no hacía falta la mesura. Tan cómplice, tan mío. Se encargaba de emborracharme hasta la más santa, la más recatada, la que se cantaba difícil y terminaba en aquellas cuatro paredes rojas conmigo. Gritando mi nombre mientras mi mano se sepultaba en sus valles. De esas putas que no pasan del baño de la barra a tu recamara. Tal como me gustan.

“Bartender, una birra y un trago de totisuelta que ya tengo a quien haré dedicarme sus sueños mojados.” El sudor corre entre nuestros largos cabellos, y ese momento en el que aún no nos cachan empañando los espejos en aquel baño. En esas cuatro paredes en las cuales fui por primera vez de un ella que ya dejó de ser. [aunquefuimostrasnoser]. Ese ella, que hoy me hacía suya. Roles al inverso. ¡Pecado carnal! “¡Puñeta, qué rico besas, cabrona!”— se me escapaba entre gemidos. Sus manos esculpían una obra maestra entre mis piernas desnudas—descubiertas ante un ella—, carajo, ya hasta se me olvidó respirar…

Me encontré, entre esas cuatro paredes rojas, sudando, gritando y gimiendo su nombre; me habían hecho suya, y ya no sería de nadie más. “Bartender, ciérrame la cuenta.”

Les comenté

Hoy anduve pensando en las relaciones interpersonales de los seres humanos…— les comentaba.

No sé de que manera dejamos de ser para encajar dentro de la caja más pequeña que podemos encontrar.

—¿para qué?

Si cada vez que dejan caer una bomba, muere un sueño. Uno más que se quedó sin cumplir. ¡Boom!

Los mismos sueños que juramos nunca abandonar quedan tronchados en aquellos soles truncos. Nos perdimos… — les comentaba.

No sé en que momento fue que pasé a ser una memoria extraviada en los rincones más recónditos de la mente.

¿Alguna vez han tratado algo tantas veces que deja de funcionar? —como mentes bombardeadas de perico. ¡Boom!

Ya no se siente placer, ya no. —les comenté.

Despedidas y otras cosas

Una gota cayó al suelo, pronto un charco inundó la sala. Traté de no manchar el suelo, ¡No fue mi intención! Continué arrastrando su cuerpo robusto fuera de la casa. ¡Joder, ya me había cansado de su maldita alegría pretenciosa! Le prendí en llamas y me despedí de la Navidad.

(te)

Quiero vivirte y desvivirte.
Vivirte mientras nos vivimos.
Vivirte en lo que pretendo vivirme.
Vivirte y que me dejes vivir.

Quiero ser sin serlo,
Serlo al unísono que eres.
Ser(te) aún cuando me soy,
Ser mientras era, y era porque seré.

Quiero a|Marte en todos los lunes.
Amar cuando juré odiarte,
Amarte sin dejar de amarme,
Y amarme porque llegué a|Marte.

Amaura

Era de esas noches, en las que el frío acariciaba cada rincón de su cuerpo. No hizo más que ajustarse su chaqueta y el sombrero, marchando en dirección a donde sus más íntimos deseos se hacían físicos. Él estaba tan acostumbrado a que el mundo vibrase con cada pisada que sus negros y brillantes zapatos diesen. Es así como se encontró una vez más entre las paredes de aquel cabaret, ese cabaret que tantas noches de pasiones le había otorgado. Era en esos instantes en los que su mirada se tornaba asechadora, como la de un águila buscado su presa, su objeto de afición. Ella, de esas a quien deseaba llenarle los poros con sus besos, ser el porqué de sus pómulos rojizos. Él ya había perdido todo interés en llevarse alguna joya a su apartamento. Pasó de ser el asechador a un mero espectador inconsciente. Su figura tan deslumbrante se escondía en el fondo del cabaret, no hacía más que verle danzar. Esos momentos en los que sólo existían él y ella, segundos en los que nada parecía importar. Ya se le habían escapado un sinnúmero de noches, y continuaba sin despegar su mirada de ella. Una que otra vez sus miradas se entrelazaban, era en esos instantes cuando único la veía sonreír. Él no sabía si era por pura cortesía o porque ella estaba tan prendada con él, como él de ella. “Amaura” ― una voz suave, con una extraña familiaridad le corrompió el oído. Él, él sabía que era la voz de quien le había robado su descanso, la voz de quien lo había roto sin reparo. Por fin sus penas tenían nombre. Amaura, un nombre que ahora le destrozaba las costillas y le acortaba la respiración. Nunca había experimentado esta sensación, ninguna mujer había sido capaz de dejarlo sin aliento. Él extendió sus manos temblorosas y sudadas hacia ella. “Ri—” sin poder terminar de articular su nombre fue interrumpido por ella. “Sé quién eres, eres ese, el don Juan que a pesar de mi indiferencia continuaba noche tras noche regalándome miradas, ese que sonreía cada vez que yo lo hacía, ese al que su rostro le brillaba cada vez que yo subía al escenario. No, no necesito tu nombre. Sé quién eres.” El ruidoso cabaret había pasado a ser insonoro, no existía nada ni nadie más, sólo ese instante. Su corazón se le iba a escapar por los labios, no encontraba la manera de articular palabra alguna sólo alcanzó a decirle pura tontería, la cual le hizo sonreír a ella. Pasaron toda la noche conversando, sonriendo, tocándose, entregándose. Habían dejado la individualidad para combinarse en una unión casi fantástica. Al siguiente día, él regresó al cabaret, esta vez irradiando pura felicidad. No obstante, no la veía, no encontraba entre el gentío a su Amaura querida, ni si quiera en el escenario. Es así como él decidió preguntar por ella, al hacerlo, le informaron que ella había renunciado esa mañana. “¿¡Cómo!?” preguntó exaltado. “Sí, dijo que ya era hora de marcharse, que ella era solamente una viajera más, una nómada de la vida y de sus situaciones.” Él se enfureció al escuchar esto, tan enfurecido que su rostro se le llenó de lágrimas. Sin embargo, él logró entender que ese instante con ella era mejor que todas las noches de pasión que había tenido con tantas otras. Comprendió que así es el amor, que mientras si pueda tener longitud, también es efímero y que una sola noche puede durar una eternidad.

trendemedianoche

trendemedianoche

Parado, casi inmóvil, como sonámbulo en la mañana de un lunes; y el bendito tren que aún no llegaba. Se me inquietaba el alma, ¿dónde estás, no ves que no quiero verla? Sé que me miraba, sé que lo hacía, sentía su mirada penetrante contra mi piel, contra el aire que mis pulmones respiraban. Me penetraba, le sentía. ¿Por qué no llegas, maldito tren, por qué? No quiero mirarla, no debo, no dejaré que me destruya. Mi mirada roza sutilmente con su figura, ¿en qué estará pensando? Quizás piense en que dejó la estufa encendida, ella es así, olvidadiza. De olvidos y de otras pendejaces, así… olvidadiza, de la misma manera en la que obvió mi existencia. De esa forma en la que pasé a ser olvido, el olvido del amor de mi vida. ¡Felipe, qué buen cabrón eres! Las gotas de sudor comenzaban a correr frenéticas por mi espalda y mi tráquea, que al parecer le dio con joder y cerrarse, dificultaba mi respiración. Tan sólo imaginar que en cualquier momento nuestras miradas cruzarían, que ya no me podría esconder detrás del gentío y su ruido innecesario. ¡El tren ya casi llegaba! Podía sentir las vibraciones en la punta de mis pies, ¿o era que acaso en la parálisis, mi cuerpo temblaba? ¡Ya no recuerdo, ya ni sé! El tiempo parecía estático, tan inmóvil… de la misma manera que mi cuerpo parecía ser un objeto inanimado, una especie de maniquí. Tan sólo pasé a ser un parapléjico de las palabras que jamás logré articularle. Mis ganas de ir corriendo hacia donde ella se encontraba y decirle la inmensidad de su destrucción, de dejarle presa de mis acusaciones. No obstante, opté por ser esclavo de lo que callé, y no ser un persecutor de todas las litigaciones que se podían recoger en su contra. Alcancé a moverme un sólo instante a modo de verificar la hora, las 11:59 pasado meridiano, y el tren que aún no llegaba. Ya no sabía hacia dónde mirar, miraba al horizonte y mi mente que sólo pensaba en mirarla, quizás con un poco de desilusión manchada con rabia. Mi corazón y sus torpes deseos de brincar fuera de mi pecho, tan sólo habían pasado unos seis minutos desde que la vi, desde que noté su ser esperando el mismo tren, en el mismo tranvía. Toda una eternidad si me preguntas, me encontraba vez tras vez, buscándola entre la multitud de personas, pero no me movía, mi ojo aventuraba entre la apertura o cierre de ellos, como quieras llamarle. La admiraba en silencio, en silencio mientras ella compartía sonrisas con él, con el mismo que me robó mi existencia. Soy el olvido de su compañía y la compañía de su soledad. Patéticamente viviendo en la nostalgia de un pasado. Dan las 12:00 a.m. y el tren de media noche que nos tomaba por sorpresa, ¡Por fin llegaba el maldito, luego de hacerme esperar siete minutos! Los siete minutos más largos de mi vida. Gracias a los quince pasos de distancia que manteníamos el uno del otro, abordamos vagones distintos. No sé qué habría sido de mí, de tenerle frente a mí, de verle regalando caricias a la razón de mi olvido. No lo sabría, no lo quiero saber. Ella marchó con su amante de turno, y yo junto a mi soledad y mis míseras penas, de igual forma, no sé si me vio, no sé si realmente la vi… o sí sólo vi lo que quería ver.